viernes, 10 de mayo de 2013

La esclavitud de la firma mal parida...¿o del domicilio mal avenido?


"Mirando". Autorretrato
 
Sí, sé que va a parecer tonto...imposible de creer o exagerado, pero es cierto, a mí me pasó. Hace poco tenía que abrir una cuenta en un banco y, ¡oh, sorpresa! no me permitieron abrir la cuenta porque, al firmar la documentación legal, la firma que hice no era milímetricamente idéntica a las de mi documento único de identidad.

Sin duda, la letra era la misma: la misma "g" algo torcida, la misma kilométrica hilera de letras que hacen el intento de representar mi nombre...pero los garabatos, los malditos ganchos del infierno que alguna vez se me ocurrió añadir a mi rúbrica son los que no pude reproducir de la misma forma en que lo hice aquel aciago día en que se me ocurrió que una firma no era firma si no tenía un maldito colocho. Claro, eso sí, no es que las firmas que hiciera fueran totalmente diferentes a aquella con la que fue confrontada...es que, eran ligeramente diferentes.

La verdad es que mi firma y yo no éramos el problema: el problema era la agencia en donde hice el trámite. La agencia a la que recurrí fue una perteneciente al conglomerado de Davivienda, una agencia que se encuentra en el municipio en el que vivo: Soyapango, sinónimo de urbanismo alocado (si es que se puede llamar "urbanismo"), delincuencia e inseguridad. Yo que vivo aquí, sé que Soyapango no es lo que se diga "precioso"; pero también sé que fuera de sus límites es satanizado y sus habitantes somos vistos, muchas veces e injustamente, con desconfianza.

El problema que impera en la sucursal de mi municipio de habitación es la desconfianza: en la hora que estuve allí, supe de dos casos de fraude en el que dos individuos, con tal de obtener un préstamo, falsificaron certificados de trabajo. Ante un panorama de este tipo, yo, que soy una trabajadora honrada y que además se desempeña correctamente en un trabajo que requiere de mucha ética, tuve que someterme al escrutinio implacable de mi firma, como si yo fuera una persona de la que hubiera que dudar. En el intento por abrir la cuenta (me urgía hacerlo para poder firmar un contrato de trabajo) escribí más de 100 veces mi firma hasta que al final, totalmente hastiada, decidí que lo mejor era desistir y regresar a casa.

Tras que rechazaran constantemente mi firma porque no era milímetricamente exacta a la de mi documento único de identidad, decidí (gracias al consejo de mi familia) ir a otro banco, ubicado en una exclusiva (y muy protegida zona de mi país) que queda justo enfrente del edificio de las Naciones Unidas y a unas cuantas cuadras de la Embajada Americana.

Resultado de mi incursión en territorio ajeno: Mi firma no fue objeto del escrutinio demoledor y desconfiado de la ejecutiva de servicio y, al final, pude abrir mi cuenta. Eso sí, el estigma del domicilio mal avenido no pudo dejar de perseguirme cuando la ejecutiva de servicio dijo en voz alta: "¡qué lejos se ha venido!", haciendo referencia a que había ido a una sucursal demasiado alejada de mi hábitat natural: Soyapango. Me tocó entonces explicar (sin hacer alusión a su posible desconfianza y prejuicios) que andaba por esos lados, de invasora, de entrometida, de conquistadora y usurpadora de feudos, porque daba la casualidad de que en una hora tenía que firmar un contrato en los alrededores de esa zona.

¿Qué logré tras mi periplo, mi odisea surrealista?: Logré abrir mi cuenta y, aunque no es de mi agrado admitirlo, terminó reafirmándose en mí esa idea que siempre ha rondado por mí mente: a veces, a mi alrededor, todo es percibido en blancos y negros, jamás en escalas de grises. Se es de arriba (las mejores zonas en mi país) o de abajo (zonas como Soyapango); se es rico o se es pobre; se es listo o tonto; se es confiable o, por el contrario, jamás se es. También se ha reafirmado algo más que a todas luces es cierto y que muchos de los habitantes de Soyapango dicen: los servicios son brindados de mejor manera en otros lugares, pero no en Soyapango; no es en nuestros supermercados que la carne está más fresca, sin que en los de "allá arriba"; no es en nuestros restaurantes de comida rápida que dan el mejor servicio; no es en nuestro municipio en donde somos tratados cómo nos merecemos...es por ello que muchos, si podemos, los fines de semana invadimos el "territorio ajeno" y vamos al supermercado de "allá arriba" en donde compran los asiáticos comerciantes, y los empleados que realmente son clase media, y el cuerpo diplomático, y los extranjeros, y la gente que sale en la tele...invadimos sus espacios, porque en ellos nos sentimos más seguros, sentimos que pagamos realmente por artículos de mejor calidad y, en muchos casos, aunque no siempre, los servicios que se nos ofrecen son mejores, con más garantías, con menos trabas.

Sin embargo, al incursionar en territorio ajeno no dejamos de ser, en algunas ocasiones, víctimas del prejuicio. Por ejemplo, ya me ha tocado soportar a vendedores que me persiguen (como si yo fuera ladrona) por toda la tienda Samborn´s de Multiplaza mientras escojo libros que, al final  y como es de esperarse, pago. A pesar de lo antes expuesto, es en esos hábitats ajenos que puedo lograr "mi más grande e inalienable sueño y derecho": abrir una pinche cuenta bancaria.