domingo, 13 de mayo de 2012

Para leer plácidamente en un día de verano...

Pilar Adón, la autora del cautivamente blog "Leo en el océano", me ha impresionado con la versatilidad del contenido de su blog, por sus agudos artículos sobre los tema que nos atañen a todas las personas, por sus atinadas recomendaciones literarias y por los vídeos y documentales que comparte.
 Su blog es un compendio de excelente prosa, muchos estímulos visuales, variada información (sobre todo tocante a lo literario y artístico) y textos cargados de mucha sensibilidad. Es, como suelo decir muy a menudo, uno de sus blogs con los que me gustaría entretenerme en un día de verano.

Y bueno, para que puedan echar un vistazo a lo que encontrarán en "Leo en el océano" y se queden con las ganas de ver y leer más, los invito a disfrutar de un pequeño listado y muestra de algunos de los aspectos que han hecho de este blog, uno de mis favoritos:

1.  Me encantan los mini-documentales o cortos animados que Pilar Ardón publica en su blog. La mayoría de estos cortometrajes tratan sobre novedades editoriales. Algunos de los videos que encontrarán en "Leo en el océano" son los siguiente:






2. Me encanta la prosa ágil y chispeante de Pilar Ardón. Con pocas palabras y una gran riqueza narrativa y sensibilidad, Pilar Ardón reflexiona sobre las contrariedades de la vida, sobre los aspectos tan humanos que nos caracterizan, tal y como se refleja en los siguiente fragmentos, artículos, relatos y poemas que he extraído de su blog:

(...)El animal de compañía, por tanto, como compañero literario. Porque quien tiene un perro, un gato, incluso un loro, un canario o un caballo al que se entrega y ama de un modo especial, de alguna manera le está dando la espalda a la comunidad humana, se está retirando a otro lugar, se encierra en un rincón emancipado de las «torturas del tiempo», nuestro mayor enemigo, del mismo modo que hace aquel que se retira a la literatura. El animal doméstico: extraño invitado a los pliegues más íntimos de la propia personalidad, allí donde también la literatura indaga, escruta, se alimenta.


Escondites


Huida al bosque, la hija,
se alimenta de animales silvestres.
Duerme, bebe.
Respira como un pez.
Separa los labios. Baila en círculos.
Cansadas las piernas, reposa.
Anhela temas sutiles, sensatos.
Un más allá del universo negro.
No ser árbol
ni permanecer.




Prisas
Mary Moody Emerson fue una dama excéntrica, independiente y enérgica que nació en 1774 en Concord, Massachusetts, y que ejerció una notable influencia sobre la educación de su sobrino Ralph Waldo Emerson, el ensayista y filósofo estadounidense. La señora Mary Moody tenía una manera muy propia de ver la vida, podía comportarse de manera un tanto extraña y, al parecer, era capaz de resultar feroz en sus críticas. Para Emerson, su tía Mary representaba el inconformismo, y solía anotar en sus diarios ciertas frases que la mujer soltaba de vez en cuando. Entre ellas, la siguiente: «La prisa es para los esclavos».


Ahora que se acercan las vacaciones, ahora que revisamos los panfletos publicitarios de las agencias de viajes en busca de lo bueno, lo bonito y lo barato con una mezcla de agobio y de infantil credulidad, ahora que nos vemos recorriendo los fiordos noruegos en tiempo récord o encerrados en un resort caribeño, bien aisladitos y conscientes de los horarios para el snorkel, y ahora que por fin recibimos el anhelado y sabroso hueso (o no tan sabroso) como buenos perritos, meneando la cola sin querer pensar en las servidumbres posteriores, resulta que me viene a la cabeza la frase de la dama Mary Moody. Al hablar de esclavos, la mujer se refería, supongo, a los de su país, en el sentido más literal del término.




No estaría pensando en una sociedad futura compuesta por seres libres que se autoesclavizan sometiéndose a hipotecas, apretadas agendas, facturas y una sangrante falta de tiempo que nos hace, por ejemplo, mandar a los niños al campamento urbano más prolongado (con desayuno y comida) justo el día siguiente al de las vacaciones escolares. O que nos induce a recorrer Europa en una semana, en autocares «de lujo» y con un guía que nos lleva de la mano de hotel en hotel. O que nos hace desear que todo suceda de manera vertiginosa y acelerada porque de lo contrario podría parecer que nos aburrimos. ¿Prisas? ¿Esclavos?


Los príncipes del universo
Vivimos como si fuéramos inmortales y sólo a veces, cuando a nuestro alrededor sucede algo irreparable, abrimos los ojos y vislumbramos por un instante la realidad. Por lo general no nos gusta lo que vemos: nos causa pavor y pánico, nos demuestra lo débiles y transitorios que somos. Así que tendemos a cerrar de nuevo los ojos o, al menos, a entornarlos porque la vida, como el show de la canción, debe continuar, y si estuviéramos considerando sin cesar nuestra condición de seres mortales que nacen con una fecha de caducidad que no viene marcada en ninguna etiqueta visible, no iríamos a la oficina cada mañana, no nos meteríamos en atascos absurdos que nos hacen perder cientos de horas ni nos embutiríamos en unos malolientes medios de transporte, atestados como vagones de ganado.


No engulliríamos en quince minutos comida envasada sólo para poder seguir trabajando ni nos hacinaríamos en casas microscópicas por las que pagamos lo que nunca tendremos. No sonreiríamos como bobos al director de la sucursal bancaria que nos «da» ese dinero que no tenemos, ni soportaríamos con una especie de estoicismo feliz la fealdad de unas ciudades grises, asfixiantes y ruidosas, que justifican la necesidad de seguir tirando de un carro que pesa cada vez más.


No pensaríamos que ya tendremos tiempo para hacer lo que de verdad queremos hacer porque seríamos conscientes de que puede que más tarde no tengamos ese tiempo. No pasaríamos el día deseando que llegue pronto el día siguiente y luego el otro para que el fin de semana esté ya aquí y entonces empezar a suspirar por las vacaciones de verano, momento en que ansiaremos que lleguen las Navidades.


No permitiríamos que nos hicieran creer que la felicidad está en comprar cosas ni nos consolaríamos pensando que, al fin y al cabo, todos hacemos lo mismo porque todos estamos en la misma espiral de inconsciencia.


Jonathan Swift escribió «Ojalá vivas todos los días de tu vida». Pues eso: Ojalá.

Eco y el saber anacrónico
El narrador y personaje principal de la hipnótica y esotérica novela de Umberto Eco «El péndulo de Foucault» se llama Casaubon, y es un ser privilegiado que decide inventarse un trabajo que le apasiona y en el que, además, es bueno. Resulta que Casaubon llega un día a la reveladora conclusión
de que sabe muchas cosas inconexas, ya que ha ido acumulando datos y más datos en la cabeza, y ahora es capaz de relacionar unas nociones con otras en un espacio de tiempo relativamente corto.


A él le gustaría enunciar una teoría sutil con la que henchir de satisfacción su orgullo y que, además, hiciera de él un filósofo, pero ya que se ve incapaz de semejante proeza, se lanza, con un candor muy al estilo USA, a montar un despacho de indagación cultural en el quese convierte en una especie de investigador del saber.


Por medio de esas tarjetitas de cartulina que todos conocemos, y que hoy, en la era de Internet, han quedado un tanto relegadas al museo de las curiosidades, confecciona un fichero artesanal para recoger en él la memoria acumulada de sus propias lecturas y pesquisas en bibliotecas, y luego
se dispone a esperar en su agencia, con los pies sobre la mesa, naturalmente, como haría cualquier detective, a que llegue el primer cliente.


Leí hace muchísimos años «El péndulo de Foucault», cuando aún estudiaba en la Facultad de Derecho, y cuando todavía pensaba que en el mundo existían cientos de Casaubones importantes, admirados, y muy cotizados.


Releyendo ahora las páginas en las que Umberto Eco describe la coherente dispersión del saber de su personaje, y viendo que lo esencial en la actualidad no es saber, sino hacer creer que se sabe hablando con una feroz contundencia y pronunciando frases manidas, huecas, y mejor cuanto más dogmáticas, comprendo que lo normal sea considerar que el saber de Casaubon no es ni deslumbrante ni necesario. Hoy, el pobre Casaubon estaría en el paro y se dedicaría a hacer blogs que nadie leería.

Santuario

He traducido para la casi recién nacida editorial Impedimenta esta deliciosa novela de Edith Wharton. En ella se habla del amor excesivo, egoísta y hasta despiadado que Kate Orme, la protagonista, siente por su hijo, un arquitecto que desea triunfar y adquirir renombre social cueste lo que cueste.


Tardé menos de un mes en hacer todo el trabajo de traducción, lo que puede no parecer demasiado heroico si consideramos que se trata de una obra breve (el libro tiene 168 páginas) pero que lo fue, y mucho, porque ésta es una novela escrita a lo James, con todo lo que eso (ese estilo endiablado) aporta de incertidumbre, duda y un poco de agotadora locura a cualquier traductor o, al menos, a esta traductora.


Existe una buena dosis de dilema moral en «Santuario», y mucha reflexión, mucho examen de conciencia por parte de la joven, y luego ya no tan joven, madre, que sabe lo que quiere obtener pero que no está muy segura de que las vías que tiene a su alcance para llegar a eso que tanto desea sean las más apropiadas desde un punto de vista ético.


Salvando las distancias, en ocasiones sus atormentadas meditaciones me trasladan a todos esos conflictos tan atractivos en los que suelen embarcarse los personajes (atractivísimos también) de Iris Murdoch. Sus constantes vacilaciones y sus cambios de humor, siempre tan coherentes, son prodigiosos. No sé si habrá ahora otras muchas novelas que traten el tema de la moral como lo hace Murdoch porque, entre otras cosas, llevo más de un año leyendo tan sólo obras suyas (exceptuando los encargos profesionales).


Pero advierto que una peculiar sensación de abandono y de cierta orfandad me asalta cada vez que me planteo la posibilidad de dejar unos meses a Iris Murdoch para empezar a leer a otros autores. Así que supongo que de momento me mantendré fiel a esta especie de apasionada dependencia murdochiana.


Traduje «Santuario» en un estado de alejamiento ciudadano que de vez en cuando me viene muy bien y que me resulta muy curativo. Estaba empezando el otoño y me fui a traducir al campo, a una casa muy pequeña que tenemos en un pueblo también muy pequeño en el valle del Tiétar. Terry, nuestro perro naranja de dos años, me observaba desde el suelo con la paciencia de todos los perros
que quieren salir a pasear pero que han de quedarse en casa porque los que se encargan de abrir las puertas y de decidir el camino están obsesionados con las palabras que van apareciendo en la brillante pantalla de su ordenador.


El pobre Terry no sabía que, mientras él me miraba con sus tranquilos ojos color miel, yo estaba en el interior de algún laberinto, intentando descifrar párrafos como: «Kate Peyton se repitió a sí misma todo esto una y mil veces durante esas horas de afligidas suposiciones en que había intentado profetizar el futuro de Dick, aunque ni en sus más descabelladas premoniciones habría imaginado que se pudiera poner a prueba su valor de una forma tan cruel.»


Una noche hubo una tormenta descomunal, y se fue la luz. Estar sin luz produce también una desoladora sensación de abandono y de cierta orfandad. Como lo de dejar de leer a Iris Murdoch.