miércoles, 15 de diciembre de 2010

Al otro lado del río...



Cuando la vida se enfrenta a la aspereza de la muerte, nos volvemos tan pequeños, tan diminutos, tan ínfimos, tan impotentes, como una motita de polvo arrastrada por el viento.

Nos sentimos arrastrados, más allá de nuestras fuerzas, al otro lado del río, al otro lado de la vida, al extremo del dolor.

Hoy me siento así.


Tengo una mascota a la que todos en casa amamos como si fuera un miembro más de la familia. Desde hace varios días la muerte se le ha estado acercando y un diagnóstico ambiguo le cercena los pasos.

Algunos dirán: "Pero, ¡si es sólo un animal! Sí, es sólo un animal que nos ha acompañado por tres años y medio, sin chistar, sin rezongar, durmiendo a nuestro lado mientras veíamos televisión y prodigándonos de afecto.

Es un animal que ha sido criado con amor, como si fuese un ser humano, de ahí que no me extrañaría que nos sintiera como parte de su manada.

Ha sido la mejor conversadora, porque siempre escucha y la mejor amiga, porque con ella he conversado, reído y amado.

Jamás ha mentido o dañado. No tengo qué reprocharle y tengo mucho qué agradecerle.

Es un animal que ha tenido una muy buena vida, mejor que la de muchas personas y quizás por eso es que se aferra a ella con tanta convicción y certeza. Pequeña amiga, espero que esa convicción te traiga de regreso a tierra firme, te cubra de salud, te dé años de esperanza y te mantenga a mi lado.

Y, sino, sé que fuiste feliz, que amaste la vida y que me hiciste amarla un poco más. Recordaré tu panza hinchándose mientras respirabas, la manera en que me obligabas a acariciarte y las ocasiones en que permanecías a mi lado cuando me desvelaba. Recordaré cómo te "alebrestabas" cuando oías el sonido de una bolsa de galletas abriéndose y tus cálidas lamidas.

Recordaré eso y más. Pero preferiría no recordarlo. Prefería seguir viviéndolo. Preferiría que no te acercaras al otro lado del río, sino que estés en esta orilla, al lado mío.


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